El desparpajo del Ministro Murro

Que el Ministro Ernesto Murro reclame a colorados y blancos “pedir perdón” por la reforma de la seguridad social de 1995, que salvó al régimen jubilatorio de una segura quiebra —y con éste la del país—, mientras él viene impulsando medidas que aceleren el desfonde del sistema, es de un caradurismo insólito.

El pasado miércoles 22 se llevó a cabo el acto de apertura del “Foro Regional de Seguridad Social para las Américas”. Luego del mismo, el Ministro Ernesto Murro formuló declaraciones a los medios y señaló que colorados y blancos, por haber impulsado la reforma de la seguridad social de 1995, “deberían de pedirle disculpas a la población, por el daño que le han hecho a decenas de trabajadores en estos años”.

Antes que nada y ya que anda exigiendo “pedidos de disculpas”, el Ministro debería meter en esa bolsa de “culpables” no sólo al Partido Colorado y al Partido Nacional sino también a sus correligionarios frenteamplistas Asamblea Uruguay y Nuevo Espacio, ya que ellos también votaron la reforma.

Antes de la reforma, el BPS se encaminaba a un colapso. ¿Por qué? Porque se trataba —y se trata— de un un sistema “de reparto”, o sea, un esquema piramidal. En Uruguay y en todas y cada una de las partes del mundo en que se encuentran vigentes, los sistemas previsionales de “solidaridad intergeneracional” o “de reparto” son esquemas piramidales: a los “inversores” de ayer (ex cotizantes, actuales jubilados) se les paga con la plata que se les saca a los “inversores” de hoy (actuales cotizantes, futuros jubilados). Nunca hubo un “fondo de ahorro previsional” en el BPS.

Como todo esquema piramidal, un sistema previsional de reparto requiere de un flujo de fondos creciente y continuo. Pero en la medida que la expectativa de vida va elevándose y la tasa de natalidad disminuye (caso de Uruguay, países europeos, etc.), el sistema empieza a enfrentar dificultades cada vez mayores para sustentarse. A ello agréguesele otros ingredientes que el sistema debió sufrir: huida de “inversores” (cotizantes que se salen del sistema para trabajar “en negro”) ante las bajas expectativas de recuperación de la inversión que despierta el sistema, recesiones periódicas que dificultaban la captación de “flujos de capital” (disminuyen los cotizantes por estar desemplados) o medidas que, a la inversa, incrementan la salida de fondos “por arriba” de la pirámide, ya fuere indexando las prestaciones de pasividad, disminuyendo las edades de retiro o incrementando las tasas de reemplazo.

Durante la segunda presidencia de Sanguinetti se procuró introducir una reforma que salvara al sistema previsional de su pronto colapso. No hay que olvidar que la reforma de 1989, constitucionalizando un régimen de ajuste de pasividades a partir de la evolución del Índice Medio de Salarios, significó apretar el acelerador en dirección al precipicio. Para que el lector se haga una idea de la magnitud de que estamos hablando, la combinación del régimen de reparto intergeneracional y el incremento automático de las pasividades de acuerdo al Índice Medio de Salarios, hubiera supuesto un compromiso financiero mayor al PIB de todo el país.

La tarea no fue fácil, pero con magistral capacidad para construir consensos (tiempos de Sanguinetti y Volonté), logró formularse un proyecto que contó con un amplio respaldo político (colorados, blancos, Asamblea Uruguay y Nuevo Espacio). El propósito era restablecer el vínculo entre ahorro, inversión y repago.

La reforma, claro, fue “a la uruguaya”, manteniendo pedazos del sistema anterior: una pata “de capitalización” (las AFAPs) y una pata “de reparto” (BPS). Pero lo relevante era —es— su concepción básica y que expresara un amplio acuerdo político.

Y el nuevo régimen, pese a sus limitaciones, ha dado muy buenos resultados: el llamado “Fondo de Ahorro Previsional” (ahorro previsional), diferentes porciones del cual gestionan las AFAPs, ha dado un rendimiento del 8% acumulativo anual. En contraste, ¿cuál ha sido el rendimiento del “fondo del BPS”? Ninguno, porque no existe, como ya señalamos: se reparte en el acto para pagar pasividades actuales y así y todo no alcanza.

Adicionalmente, la ley de 1995 interpuso un muro entre el ahorro de los cotizantes a las AFAPs y políticos hambrientos de dinero para hacer demagogia con plata ajena: el fondo de ahorro previsional es intangible, o sea, no se puede tocar. En estos años, desde que el Frente Amplio accedió al gobierno, se han planteado múltiples iniciativas que —afirman—“pueden ser financiados por las AFAPs”. Esta es una afirmación mentirosa porque el financista no serían las AFAPs —meras administradoras— sino el ahorro previsional de los uruguayos cotizantes. Da pánico cada vez que algún gobernante lanza esas ideas. El ahorro previsional podrá financiar esos proyectos si fueran genuinamente rentables. El ahorro previsional no está para financiar políticas públicas sino para capitalizarse en beneficio de sus cotizantes, esa es su prioridad y único cometido.

Cuando en el primer gobierno de Vázquez, Ernesto Murro accedió a la presidencia del BPS, enseguida puso proa contra el régimen nuevo, procurando su colapso. Así, como se recuerda en nuestro editorial de hoy, en 2008 impulsó una ley de flexibilización de las condiciones de acceso a la jubilación. Esa flexibilización incluyó la reducción de los años de trabajo mínimos requerido para acceder a la jubilación, pasando de 35 a 30 años de trabajo y para las mujeres con hijos, a 25 años de trabajo más un año de trabajo ficto por cada hijo. Un verdadero golpe artero contra el régimen jubilatorio porque, como ya explicamos más arriba, cualquier sistema previsional necesita que la gente se mantenga más tiempo en actividad, tanto para incrementar su propio ahorro previsional como para sostener las pasividades que presta la “pata de reparto”, o sea, el BPS, evitando que pase anticipadamente a ser uno de los que le “quita” dinero al sistema, siempre frágil por la realidad demográfica uruguaya.

Que alguien que impulsó el debilitamiento del sistema, al punto que Vázquez señalara que había que reformarlo para fortalecerlo y evitar que quiebre, y alentó el retiro anticipado de miles de persona, ahora señale con el dedo a quienes impulsaron la imprescindible reforma, es el colmo del desparpajo y el “caradurismo”.



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