Edición Nº 1088 - Viernes 10 de julio de 2026

La libertad siempre se abre paso

Por Santiago Torres

A la corta o a la larga, por una vía o por otra, la libertad siempre se impone a los paradigmas controladores.

En su columna de ayer en el diario “El País”, Gerardo Sotelo señalaba que, finalmente, la imagen del Presidente Vázquez abriendo negociaciones con China para lograr un TLC con la potencia asiática era la demostración cabal de que Jorge Batlle tenía razón cuando, en solitario, planteó su visión liberal y aperturista en los inicios de la década del 60. “La libertad les gana”, tituló Sotelo su columna, probablemente en referencia al cambio operado en una parte de la izquierda, tal vez más por realismo que por convicción genuina y a ello habré de referirme más adelante.

Recuerdo que Jorge Batlle explicaba con mucha claridad cómo había se operado en él —hijo de una larga tradición dirigista— la transformación liberal y un día tuve la feliz oportunidad de preguntárselo. Su entonces suegro, Raúl Lamuraglia, un conocido industrial argentino que debió exiliarse en Uruguay durante los años del primer peronismo, en 1959 o 1960 —no recuerdo bien— lo invitó a asistir a una serie de conferencia que en Buenos Aires brindaban los dos grandes popes de la llamada “escuela austríaca”:  Ludwig Von Mises y Friedrich Von Hayek. “¿Vio acá la mollera?”, decía divertido Jorge mientras agachaba la cabeza y se golpeaba con el dedo la parte superior del cráneo. “Fue como si me hubieran abierto de nuevo la mollera, me hubieran sacado el cerebro y me hubieran puesto otro. Ahí se me abrieron los ojos”, contaba Jorge su epifanía intelectual.

Otros no tuvimos la suerte de tener ese instante de iluminación, como un relámpago que ilumina la noche, y tuvimos que recorrer el más típico camino de las aproximaciones sucesivas, que sin duda es más lento. Pero Jorge sí tuvo esa fortuna y a partir de ese momento, contra viento y marea, se lanzó al difícil camino de hacer docencia liberal. Primero adentro de su Partido y, poco tiempo después, en toda la sociedad.

Había que ser muy valiente para abordar semejante empresa. El Partido Colorado encarnaba el dirigismo y el estatismo. Jorge era hijo —nada menos— de Luis Batlle, expresión máxima de aquel paradigma que había terminado impregnando al Uruguay todo. El riesgo de ser señalado como un traidor ideológico era muy alto. Estaba poniendo en riesgo su capital político, como se señala en el editorial de esta semana. Incluso dio un segundo paso audaz: impulsar la reforma constitucional para terminar con la experiencia del colegiado desde el partido político del colegialismo. Pero, sin medir consecuencias, Jorge se lanzó a dar esa batalla, no con el fanatismo del fundamentalista —que ciertamente no lo era— sino con el fuego de la convicción, intentando mostrarle a los uruguayos que había un camino para retomar la senda de la prosperidad, que había esperanza.

Con Jorge Batlle se va un ariete fundamental en la batalla por las ideas de libertad y apertura, especialmente en tiempos en que esas ideas no encuentran terreno fértil en quienes gobiernan.

Sí, ahora se intenta hacer un TLC (o algo parecido) con China, pero no va a ser sencillo, pese a que el PIT-CNT no ha puesto el grito en el cielo. Cada paso que se intenta dar por abrir una ventana al mundo, termina naufragando porque la célebre “unidad del Frente Amplio” es un valor superior al interés del país. Falta la convicción que animaba a Jorge, no sienten la libertad.

Esa falta de convicción liberal se advierte también en la forma en que hasta ahora el oficialismo ha manejado la irrupción de las plataformas digitales, en el modelo llamado de “economía colaborativa”. El reflejo siempre es negativo, el impulso inicial siempre —invariablemente— es el de impedir o dificultar. Lo que no se controla, mejor que no exista. Esa convicción sí la tienen, la pasión por el control, como queda en evidencia con la normativa financiera, la que existe y la que están horneando.

Pero de la mano de las tecnologías de la información, que se las ingenian para atravesar fronteras y saltarse reglamentos, la libertad se va a ir abriendo paso. Por supuesto que con dificultades múltiples, pero se va a ir abriendo paso. Ciertamente, también con dolores de parto porque, como se ha dicho tantas veces, a todos nos va a llegar un Uber. Pero siempre es preferible el dolor de la libertad que la aparente comodidad de la jaula.



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